domingo, 29 de abril de 2012

Por qué no recomiendo la Feria Internacional del Libro de Bogotá



Ayer fui a la feria “internacional” del libro de Bogotá, conocida también como el “evento de promoción de la lectura”[1] y no me gustó. Debo empezar aceptando que es la primera feria del libro de Bogotá a la que voy, así que no sé si otrora fue mejor. En todo caso no me gustó, no me pareció que “fomentara la lectura” (o promocionara si así lo quieren) y si por el contrario convirtieron la venta de libros (dentro de CORFERIAS) en una actividad excluyente. Más adelante les diré porque levanto esta acusación.

La Feria “Internacional” del Libro de Bogotá (FILBO) es un evento anual organizado por dos compañías privadas (CORFERIAS y Cámara Colombiana del Libro) en compañía de varios patrocinadores, dentro de los cuales, en ocasiones manejan dineros públicos como por ejemplo con el patrocinio de Ecopetrol, que al ser sociedad de economía mixta, así suene pleonasmo, maneja plata del estado. Su teleología es la de (sarcasmo) promover la lectura y en tal sentido (en serio) la venta de libros.

Ahora bien, animado por conocer como era la dichosa feria del libro de Bogotá que promocionaban con ahínco presentadoras de farándula en canales nacionales como RCN (mala espina) y animado por saber del conversatorio con Fernando Vallejo sobre Cuervo, pagué los 1.750 pesos del transmilenio con el animo de entrar en uno de los buses articulados que me llevaban  a la estación CAD, la cual me dejó como a 7 cuadras de CORFERIAS. Luego de bajarme, caminé varias cuadras, acompañado de otras personas que también iban a la dichosa feria del libro, esquivando otras que salían de la misma con bolsas que tenían el logo de planeta, random house entre otras casas editoriales. La mayoría (según pude detallar) llevaban dentro de sus paquetes uno o dos libros máximo, lo que me hizo ser escéptico frente a los supuestos súper descuentos que pregonaron las citadas presentadoras.

El primer inconveniente con el que me topé al llegar a CORFERIAS fue la entrada. ¡Como satanaces se les ocurre cobrar entrada si están fomentando la lectura y los libros! Además, cómo son tan descarados de cobrar siete mil pesos por entrada. Algunos dirán “siete mil pesos no es mucho dinero”, pero el problema es que si van con varias personas o peor aún, si van con la familia (digamos papá, hijo y esposa), el precio para entrar a la venta de libros se puede metamorfosear fácilmente en 18 o 20 mil pesos. Una parte de lo que vale un libro. En fin. Sigamos. Pagué mis 7.000 pesos (haciendo una larga fila) e ingresé al lugar (haciendo otra gigantesca fila). Me dirigí al pabellón más cercano que decía “libros universitarios” o algo así (discúlpenme por no tomar fotos, la cámara de mi celular murió luego de que este nadara con los peces y de igual forma, pido disculpas por no anotar los nombres de los pabellones) y caminé por varios de los stands, encontrándome con que los libros en el lugar no se bajaban de 60.000 pesos. Los pocos que tenían un valor “accesible” (25.000 pesos), eran por lo general ensayos de 50 hojas o menos que realmente no valían la pena (en mi humilde opinión). Salí de aquel lugar y me dirigí a un pabellón mucho más interesante que quedaba en el extremo opuesto de donde estaba: el de los dibujos.  En el primer piso había algunos puestos que promocionaban la venta de comics a precios exorbitantes como 50 o 60 mil pesos. A su lado, estaban las historietas “baratas”, de segunda, ¡¡a 30 mil pesos!! (Coloco en signos de exclamación porque el valor de un ejemplar nuevo, según la portada, era de 8 dólares). Seguí mi travesía por aquel pabellón de las imágenes. Me encontré con un stand que, en condiciones normales, debió ser una debilidad para mí: libros antiguos. Entré en el lugar pero salí tan rápido como pude. Los libros estaban casi al mismo precio de los nuevos y pues yo, que soy un visitante asiduo de librerías de segunda, les puedo asegurar, que esos mismos libros se pueden conseguir por la mitad del precio que pedía el librero.

Subí aburrido al segundo piso. Allí me encontré con caricaturistas, retratistas y compañía. Aquel lugar era mejor que el de abajo, pero el problema es que había muchísimas personas y era difícil caminar por el lugar. La caricatura de una persona valía en la mayoría de puestos 20 mil pesos. Habían también dos o tres artistas que cobraban 60 mil pesos, pero en imágenes mucho mejores. También vendían en el lugar retratos bonitos de 20 mil pesos para arriba. Considero que fue de lejos, el mejor espacio en el que estuve (con la gravedad que ello conlleva, teniendo en cuenta que soy el tipo de persona que cuando entra en una librería por lo general se lleva un libro).



Salí del lugar y me dirigí al pabellón central, el de Brasil. En él me encontré con muchos libros en portugués, sobre arte, cocina y uno que otro de literatura (esperaba lo contrario). A un lado de los stands de libros, vendían comida brasileña (o eso decían los meseros). Como anécdota, pregunté si tenían libros de Nelida Piñon (no la conozco pero he oído recomendaciones de ella) y me mandaron para el Fondo de Cultura Económica. Más adelante me dirigí allí, pregunté si tenían libros de Nelida Piñon y me mostraron “el calor de las cosas y otros cuentos”, que en condiciones normales valía 71.000, pero por ser feria tenía descuento y terminaba valiendo…sesenta y nueve mil pesos!($69.000). No jodás. Estos vergajos dicen promover la lectura y miren, libros a 69 mil. Más del 10% del salario mínimo. Y eso que no les cobran impuestos por los libros y que Brasil es el país invitado de honor. En fin.

Seguí mi travesía por la feria del libro y llegué al pabellón de Random House. Desde que me enteré que esa editorial fue una de las que promovió la ley SOPA, dejé de comprar libros de su casa editorial. No obstante lo anterior, como una mirada no hace daño a nadie, me adentré en aquellos terrenos, para encontrarme con que vendían buena literatura a precios más asequibles (de bolsillo claro). Vi a Pastoral Americana de Roth a 27 mil pesos y “Cuentos Esenciales” de Guy de Maupassant en 32 mil pesos (un precio asequible en comparación al resto de libros). De la misma manera, vi otros clásicos en precios relativamente asequibles (de 30 para arriba), pero el que me tentaba y me cantaba al oído “I´m sexy and I know it”  era el de los cuentos esenciales. No obstante lo anterior, no me llevé ese libro porque no patrocino empresas que financian leyes como SOPA, las cuales defienden los intereses de unos pocos en perjuicio de muchos. Como dato adicional, en aquel lugar estaba firmando libros una joven y bonita escritora de nombre Lauren Kate, autora de la saga “Oscuros” (un nuevo libro de amor para adolescentes). No conozco su prosa y no sé si será tan malo como la de los vampiros, pero bueno. No puedo criticar a quien no conozco, pero la autora se veía bonita, aunque sus libros por el contrario...

Sigamos con el viaje a la feria del libro de Bogotá. Seguí pasando a través de los estantes encontrándome con gigantescos afiches con portadas de best-sellers (los juegos del hambre por ejemplo) y con avisos del tipo “el libro más vendido”, “premio xxx” o “la novela que revolucionó…”, entre otros. Siempre he sido escéptico de los libros con gigantesca campaña publicitaria de fondo. Por lo general, estos libros terminan siendo de auto-ayuda o narraciones de dudosa calidad que recurren al bonito para-texto para poder vender sus existencias. En todo caso, pasé por el pabellón de Panamericana, que ofrecía descuentos tan exquisitos como el del libro “viajando sin papel higienico” de Daniel Tirado, que en un día normal valdría 45.000, pero que con descuento de feria su precio era de 41.000.  



Creo que con lo anteriormente narrado, ya me habré dado a entender de qué forma la cámara colombiana del libro, fomenta la lectura y la venta de los libros. En todo caso, pasaré al siguiente punto de mi visita: la conversación de Fernando Vallejo con William Ospina. Esta tuvo lugar en el auditorio José Asunción Silva, pero no la pude ver. Para empezar llegué al lugar a dizque hacer fila a las 4:15 de la tarde (45 minutos antes de empezar). El auditorio estaba cerrado mientras el citado columnista lanzaba su ya conocida diatriba contra el procurador y presentaba su libro. Fui de los primeros pendejos que hizo fila por el lado delantero del lugar. Esperé como media hora a que abrieran y de un momento a otro, un tipo dijo: “no es por este lado, es por el lado izquierdo” y me desplacé a donde estaba la supuesta fila para quedar en un puesto cercano a la puerta. Todos estábamos a la espera. Queríamos que abrieran la puerta para ver a Vallejo hablando de gramática. Pero no, la puerta nunca se abrió. Aquella masa de piel y huesos que hacía fila tenía que quedarse con la frustración de quedarse afuera. Mientras tanto, dentro del recinto, escritores como Juan Gabriel Vásquez, chicos con escarapela de prensa (hubo como 10 “periodistas” de un medio escrito), personas con escarapela del ministerio de cultura, entre otros, miraban desde adentro a los que estábamos afuera (aunque sin burlarse, sólo por curiosidad). Podría decir sin temor a equivocarme, que la mayoría de personas que estaban adentro eran gente con escarapelas o algún estatus especial que los “elevaba” sobre todos nosotros. Ningún funcionario de CORFERIAS fue capaz de decirnos que no íbamos a entrar, ni tampoco fueron capaces de organizar nada. Ah, también sacaron “por solidaridad” (así dijo la vieja desde adentro) a personas que estaban adentro y que no tenían escarapela o carnet de alguna entidad burócrata del gobierno.  

Siguiendo con la narración de los hechos, no pude entrar y me dirigí a la “pantalla gigante”, la cual estaba en una horrible posición que no permitía a muchos ver el conversatorio. En los alrededores no había NADIE organizando, por lo que todos tuvimos que posicionarnos en algún lugar donde pudiéramos ver la pantalla y escuchar lo que decían los conversadores desde adentro. No estuve mucho tiempo. No me fui por el estruendoso aguacero que nos hizo sacar la sombrilla a todos los que estábamos parados alrededor de la pantalla gigante (ya les dije, no había organización y la pantalla estaba mal posicionada), sino porque sufro de una vaina que se llama sincope neurocardiogénico (por la que básicamente empiezo a tener visión borrosa y mareos que llevan al desmayo cuando estoy entre muchedumbres, razón por la cual, nunca acudo a eventos multitudinarios). Antes de irme vi como unos dizque periodistas de RCN exigían la entrada por ser de aquella cadena, pero ninguno de los del público los dejó pasar. Para la gente que no había entrado, la ley era para todo el mundo y si la orden era que no entraba una persona más, así se tenía que cumplir. Lo mismo ocurrió con unos policías que llegaron con una asquerosa actitud de gendarmitos mandadorcitos, que amenazaron a la señora que no los dejaba pasar. Afortunadamente la gente se puso de acuerdo y no permitió que pasaran.En fin, me fui con una mala recepción de la feria del libro de Bogotá.

Como dije antes, no se fomentó ninguna venta de libros ni tampoco la lectura. Los libros tenían el mismo valor que en las librerías y de alguna forma, fueron en un elemento excluyente ya que por sus precios, no cualquiera podía obtenerlos. Ojala no salgan los escritorcitos de cuarta (como cité alguna vez en este blog) a decir que lo que ocurre es que la gente le gusta beberse la plata porque la cosa tampoco es así. 45.000 o 30.000 no los tiene cualquiera para comprar un libro nuevo. Tampoco vi muchos descuentos en los cubículos de las librerías. En este, el supuesto año de ese gran escritor llamado Rafael Pombo, me encontré con una nueva edición de sus cuentos infantiles ilustrados en 49.000, también a 36.000 y 39.000. Había unos que eran la excepción a la regla que estaban a un precio realmente asequible como era el de 12.000 o 18.000, los cuales tenían la mala fortuna de tener uno o dos cuentos nada más. Sale más barato sacar un carnet de la biblioteca y tomar prestados los libros de Pombo.

Con todo lo anterior, quiero dar a entender que esta feria de ninguna manera busca fomentar la lectura ni la venta de libros. Tampoco el encuentro con los autores (como llegué a pensar alguna vez). Simplemente es un evento comercial como cualquier otro y es les recomiendo acudir a una librería donde no le cobran los 7.000 pesos de entrada. Nunca pensé que al estar escribiendo sobre una feria del libro sólo tuviera material para hablar de los precios de los mismos o de la mala organización en lugar de escritores, novedades y recomendaciones de libros. Pero así fue y no recomiendo a nadie ir a uno de estos eventos. Están sobrevalorados. Y/o peor aún, desincentivan la lectura. 

Dedico esta entrada a aquellos anónimos que desde la entrada del auditorio José Asunción Silva aplaudieron a Fernando Vallejo sin que él lo supiera. Por todos los vericuetos que tuvieron que atravesar, por recibir las implacables gotas de lluvia sobre su cabeza y los malos tratos de los policías auxiliares y personas del staff de CORFERIAS que no tuvieron ninguna consideración por los supuestos lectores a quienes iba dirigido este evento, quise escribir esta entrada.  

Algunos links:
-http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-340857-alarma-ley-del-libro 


[1] http://www.feriadellibro.com/pagina.cfm?StrIdioma=es&IntIdioma=1&IDPagina=6435&IDSeccion=998



Imagenes tomadas de: 
http://2.bp.blogspot.com/-KRqoq8kBqzs/T2x_qB8zu5I/AAAAAAAAGR0/Mu0RWv9CbWc/s1600/libro.jpg
http://www.cm-pvarzim.pt/groups/staff/conteudo/imagens-gerais/cultura/correntes-d-escritas-2007/fotos-dos-escritores/nelida-pinon.jpg


ACTUALIZACIÓN

Si algo interesante tuvo la feria del libro, fueron los blogueros del espectador. Aunque la mayoría de entradas me parecieron insulsas y no compartí algunas de las apreciaciones que hacían, como por ejemplo que era una súper promoción promoción la venta de tres libros en 60.000 (o algo por el estilo, ya que cuando estuve en Nueva York, me hice con un ejemplar de los poemas y narraciones de Edgar Allan Poe en 7 dólares), hubo entradas que me parecieron geniales como las que cité al final del texto o esta a la que le hago un especial hincapie:

http://blogs.elespectador.com/elinvitado/2012/05/01/el-ocaso-del-libro/

Les voy a traer un par de citas que me parecen, la manera más acertada de referirse a la (dizque) feria del libro, invitándolos (aunque aquella entrada tenga más visitas que este blog en toda su historia) a que la lean:

"Pero al entrar a la FILBo, donde precisamente abundan aquellos objetos físicos en cantidades industriales, la lectura se instala en una suerte de limbo. Si no contamos el pabellón infantil y juvenil, donde su organización física demuestra que aún entienden que vender libros es también fomentar y permitir la experiencia que ellos generan, la lectura brilla por su ausencia. No puedes mirar los libros con calma, quizás sentarte una media hora y leer uno (sin importar si lo vas a comprar o no), curiosear sin tener encima los ojos inquisidores de un vendedor. Es una muestra de los hábitos actuales de gran parte de los lectores en formación: instantáneo, masivo, desechable."

"Asistir a la FILBo no es propiciar un espacio con el libro, no es permitir el encuentro con una -o muchas- ideas (escrita, gráfica, ilustrada), es pagar la entrada a un almacén de cadena para comprar los alimentos que están en oferta, antes de que su fecha de expiración se cumpla."

Más información, menos conocimiento - Mario Vargas Llosa


En el día de hoy quisiera compartir un artículo con el que me encontré de Mario Vargas Llosa. Fue publicado originalmente en el diario La República de Perú. Me llamó la atención y por eso lo comparto con ustedes.


Más información, menos conocimiento

Por: Mario Vargas Llosa


Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

 Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”.

 Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español: Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.

 Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.

 Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall McLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. McLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.

 Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.

 No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la “inteligencia artificial” que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado “la mejor y más grande biblioteca del mundo”? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?

 No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O’Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: “Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos”. Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para “informarse”. Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: “Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros”.

 Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer La Guerra y la Paz o el Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?

 La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce “la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos”. En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.

 Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que –para qué engañarnos– no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la “inteligencia artificial” es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.


Imagen tomada de: http://top-people.starmedia.com/tmp/swotti/cacheBWFYAW8GDMFYZ2FZIGXSB3NH/imgMario%20Vargas%20Llosa1.jpg

viernes, 20 de abril de 2012

De la lucha contra las drogas de Nixon a la lucha por la propiedad intelectual de Obama

El video tiene subtitulos en español para que puedan entenderlo quienes no manejan el idioma inglés.

En el año de 1971, el presidente Nixon inició su conocida lucha contra las drogas y creo dos años después un organismo conocido como la DEA y cuyos resultados...son muy conocidos por todos. Aquél hecho, volvió a mi memoria luego de enterarme que el gobierno de Obama, donó 2.6 millones de dólares para iniciar un proyecto con el que se busca combatir la piratería en 12 países, entre los que se encuentran México, Chile, Brasil y Colombia.

Al parecer en la mayoría de países, el gobierno estadounidense piensan adoctrinar (dicen capacitar, pero seamos sinceros...) a jueces y policías para que "combatan" la piratería y los crímenes contra la propiedad intelectual los cuales, según el citado documento, son de carácter transnacional. Si bien desde 2008 es que Estados Unidos emprendió una feroz lucha contra lo que consideraban, atacaba la propiedad intelectual, no es sino hasta ahora, que vemos una intervención en los cuerpos estatales de otros países con el ánimo de defender, no los intereses de sus ciudadanos, sino de la industria que busca privatizar a toda costa el internet y quien considera (discúlpenme por no traerles la fuente, pero lo leí anteriormente en alguna parte) que las bibliotecas públicas que exhiben sus películas bajo "los fair uses", son competencia para ellos y no les dejan ganancias. Por tal razón váyanse acostumbrando a que los jueces en sus países respectivos, utilicen el modelo que está en el video del principio de esta entrada y les cobren sumas millonarias de dinero por bajar una canción.

PD: Para el caso colombiano, aunque no pagan adoctrinamiento para jueces, si lo hacen para la policía, así que vayan acostumbrándose a que el cuerpo de delitos informáticos de la DIJIN, deje de buscar a quienes roban dineros de cuentas bancarias por internet o bueno, en general a quienes cometen delitos informáticos. Ahora estos personajes se van a encargar de buscar a quienes descarguen música o películas por internet o quienes suban un vídeo a youtube como parte de una tarea (todavía no están regulados los usos honestos para esta actividad, pero si el delito). Vayan acostumbrándose a que ahora, como mínimo, les va tocar enfrentarse a un juicio (con todo lo que ello conlleva) en dónde los copyright trolls denuncian a cualquiera pidiendole sumas altas de dinero en las conciliaciones.

PD2: ¿Saben que es lo peor de todo? Que la ONU ya conminó anteriormente a los gobiernos a que de ninguna forma, en su afán de proteger los derechos de autor (caso ley lleras 2.0 y Juan Manuel Santos) no deben vulnerar los derechos de autor ni mucho menos la democracia. Yo les pregunto a ustedes, qué democracia va haber si los ponentes de una ley que vulnera derechos de autor catalogan como desinformadores y piratas a quienes se oponen y aprueban sin ningún tipo de escrúpulos leyes como la que tanta vergüenza nos causa a los internautas colombianos (no hablo por todos, pero si hay una opinión generalizada de rechazar esa ley). En fin, se puede seguir hablando de este tema, pero considero que la la lucha contra las infracciones a propiedad intelectual, a diferencia de la lucha contra las drogas (en mi opinión), termina afectando negativamente a los ciudadanos que supuestamente busca defender.
  Informe Frank La Rue

domingo, 15 de abril de 2012

Los lavaperros de Santos (ley lleras 2.0)



Caballeros, hay ocasiones en que siento vergüenza de tener nacionalidad colombiana. El diez de abril de 2012 fue una de ellas. Guiados por la sed de pantalla que tenía el estúpido presidente de los Colombianos, los ministros German Vargas Lleras (ministro del interior), Sergio Diazgranados Guida (ministro de comercio) y Diego Ernesto Molano Vega (ministro de tecnologías) crearon un esperpento jurídico con el cual se privatiza internet. Así de grave es la vaina.

Para estos sátrapas, cualquiera que saque una “ganancia o provecho[1] de algo” de una obra que se presuma (art 3 de ese proyectico de ley) estar bajo el cobijo de los derechos de autor es inmediatamente un criminal. Como ya se ha hablado muchísimo de los métodos inquisitivos carcelarios que trae esta ley, quiero centrar este corto post en recordar a los principales lavaperros (el término es duro, pero les queda al pelo después de su “incansable” labor) que hicieron todo lo posible para, bajo los mandatos del paupérrimo presidente pantallero Santos, aprobar este repulsivo proyecto de ley:



GERMAN VARGAS LLERAS: Ministro del interior y candidato presidencial. De este señor, ya es conocida su politiquería y sus malas mañas.



SERGIO DÍAZ GRANADOS GUIDA: Ministro de comercio, quien estuvo implicado en un escandalo por un conflicto de intereses por los nexos de su esposa con saludcoop.


DIEGO MOLANO VEGA (no confundir con el del ICBF): Ministro de tecnologías de la información, quien en días anteriores se jactaba de haber ganado el Government Leadership Award 2012, un premio que destaca “sus políticas innovadoras de disminución de la pobreza y generación de empleo a través de las telecomunicaciones”, para luego crear una de las legislaciones más antiprogresistas del mundo.



CARLOS RAMIRO CHÁVARRO CUÉLLAR: Senador de la republiquetaca por el partido conservador. Si vieron el debate, se podrán dar cuenta que este ponente y defensor de tan draconianas normas, buscó con la ley lleras 2.0 proteger al “maestro García Márquez” y al “maestro Escalona” (quien en Valledupar tiene una fama de robar las composiciones de los campesinos, aunque esa es harina de otro saco). Si vemos las intervenciones del hombre, podemos ver como el tipo apenas sabe entrar a la página de internet y no tiene ni idea qué es una memoria caché. Lo anterior es reprochable, porque se supone que uno debe tener conocimientos para poder defender un tema, máxime, cuando atañe a todos los colombianos. Sobre los derechos de autor, el tipo maneja parte de la ley 23 de 1982, pero falla en conceptos exactos como la titularidad del derecho de autor(para él, el autor y titular es lo mismo, cuando en muchas ocasiones estos dos conceptos se dividen y ocasionan que las empresas terminen tumbandole los derechos al autor). También hablan de unas excepciones y limitaciones al derecho de autor QUE NO ESTÁN EN LA LEGISLACIÓN COLOMBIANA. Se las inventa o las trae a colación por racionamientos de sentido común (que le falta a la ley). El tipo también dice que esta ley actualiza las penas del sistema análogo al sistema digital (aunque no muestra mucho dominio en ese tema), PEEROOO, NO ACTUALIZA LAS LIMITACIONES Y EXCEPCIONES, esas si se quedan en el sistema análogo. Seguir confrontando las cosas que dijo alargaría este post y bueno...sigan votando por crápulas como este, a ver a donde llegamos.



AUGUSTO POSADA SÁNCHEZ: Representante a la cámara. Este es un personaje que al parecer, simplemente prestó su nombre para la ponencia.

Ahora sólo falta que me demanden por derechos de autor por utilizar las fotos de los H.P (Honorables Parlamentarios) y ministros, pero creo, que es necesario conocer el rostro de los que nos vieron la cara de idiotas. Me gustaría que alguna persona con conocimientos de cine, hiciera un video parecido al de Kony, donde, sin tanta desinformación y sustentándonos en lo dicho todos estos últimos días, hiciéramos famosos a estos personajes. Que de acá al final del año, en Argentina, en Chile, en Estados Unidos, en Europa, etc., se conozca que estos parlamentarios y ministros se pasan por la faja a sus ciudadanos y nos aplican leyes de censura con la excusa de defender a los autores. 

Como bien dije al comenzar esta entrada, aquel día me sentí avergonzado de tener la nacionalidad colombiana. En un próximo post hablaremos de la caza de brujas que se promueve el artículo 19 del proyecto de ley (que creo que ya es ley).

PD: Es extraño que en un debate esté de acuerdo con Armandito Benedetti y Jorge Robledo. En este lo hago, porque con sus intervenciones, dejaron en evidencia las imprecisiones del “cenador”, que traen consecuencias gravosas para los usuarios de internet..


[1] Para la RAE http://www.wordreference.com/es/en/frames.asp?es=provecho provecho es “aprovechamiento o adelantamiento en las ciencias, artes o virtudes”. Con sólo esa pequeña definición expongo cuantas personas se pueden ir facilito a la cárcel por acceder a contenidos de internet.


Imagenes tomadas de: 
http://infonota.files.wordpress.com/2010/04/german-vargas-lleras.jpg
http://www.unipymes.com/wp-content/uploads/2012/01/sergio-diazgranados.jpg
http://www.diariodelhuila.com/files/images/03-12-2010/Politica/Foto%204%20Diego%20Molano.jpg
http://www.congresovisible.org/media/uploads/fotos_perfil/131/foto_camp.jpg
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ACTUALIZACIÓN: Me equivoqué, Augusto Posada es igual de oscurantista e imbecil al resto de lavaperros. Luego de oirlo diciendo "es que todo está en la ley" sin decir que articulo o tan siquiera que ley; además de mostrar su desconocimiento por su ponencia y que equipare lo libre a lo gratis y pirata...sólo me queda por decir que es un IMBECIL. Cómo es posible que un idiota que no sepa que es una memoria caché se atreva a legislar sobre derechos de autor en internet. Ahorita estoy haciendo mi tesis, y los evaluadores me la devolvieron porque me dijeron que fui muy general (algo así como si estuviera escribiendo en este blog) y hablé para un público muy general y no fui técnico y especifico en el desarrollo de mi tesis. Si a mí, como estudiante, me exigen ser concreto y técnico en conceptos sobre un tema, ¿por qué a los congresistas que legislan sobre un tema que exige todas las calidades del caso (al ser de interés general) no?

Escuchando a este señor me doy cuenta que las unidades legislativas (que son grupos que la ley le permite tener al congresista, conformado por personas que supuestamente se dedican a estudiar temas para y sobre proyectos de ley, con un presupuesto alto para supuestamente pagarles a los personajes en cuestión) son pura ficción. Simplemente sirven para pagar favores políticos y realizar actos de corrupción.